El tiempo en un instante

El tiempo en un instante

Amaneció nevado y aunque el paisaje invitaba a celebrar con más entusiasmo la Navidad, sentado en mi sillón eché las cortinas para que la luz blanca no perturbara mi oscuridad. El silencio sonaba fuerte, como las manecillas de los relojes. Unas agujas que resultaban finalmente las únicas atrevidas por danzar al compás, sin importarles lo cargado del ambiente.

Sin ilusión, cerré los ojos, total era otro día más. La cuenta se sucedía y perdía tan peligrosamente como las ausencias que ahora se me hacían ya cercanas. Acostumbrado a la compañía de mis libros, escogí uno minuciosamente y al abrirlo cayó al suelo una foto. Justamente se trataba de una estampa invernal y en ella aparecía una niña risueña con una pandereta, bailando en torno a un simpático muñeco de nieve. Al lado suyo había un pequeño lobo que vivía con tanto entusiasmo como ella, su improvisada fiesta. Era la imagen de la inocencia, de mi pasado, de la felicidad.

Sentí una punzada en el corazón y un deseo muy grande de llorar, ¿habría perdido para siempre esa alegría descontrolada? El peso de la nostalgia me lo había cargado en una mochila a mi espalda y había dejado de valorar todo lo que en el día a día nos puede de algún modo emocionar. Un paisaje blanco y brillante, una pareja que con los ojos cerrados se besa para sentirse plenamente, un perro que llora de alegría al encuentro de su dueño, una canción para empezar la mañana o las caricias de los rayos del sol.

De pronto me di cuenta que quería vivir, que quería recuperar los pequeños detalles que te animan a ser feliz. Coloqué la foto encima de la mesa, bien visible y empecé a abrir todas las ventanas. La luz se hizo tan plena que por un momento creí que me llegaría a cegar. Atropelladamente por las prisas, busqué un disco y la música también llegó a mi casa. Tenía urgencia por ser feliz y acompañé la melodía de unos torpes pasos que buscaban parecerse a un intento de baile y pronto el escenario de mi salón se quedó pequeño.

Decidí entonces salir a la calle, buscar cualquier excusa para hablar y abrazar. Deseaba volver a relacionarme con los demás. Nunca se es tarde para volver a vivir, para volver a empezar. Sin embargo mis urgencias se encontraron con un inesperado vacío. Tal vez había dejado demasiado tiempo en mi vida a la soledad. Decidí que empezaría tal como lo había visto, por hacer mi propio muñeco de nieve, ésta sería mi primera compañía, mi punto de partida. Y con verdadero cariño y esmero hice esta tarea con el entusiasmo de un niño.

Cuando empiezas a participar de la vida, te das cuenta que hay constantes guiños que te sacan una sonrisa. Entonces a mi muñeco de nieve le empezaron a salir espectadores, muchos de ellos me brindaron hasta su compañía para ayudarme y de entre la gente apareció ella. Una niña corriendo con pandereta y un pequeño perro que fiel la seguía. Dando saltos llegó hasta donde estaba mi muñeco de nieve. Allí, parada, le miraba mientras yo emocionado recordaba. Ese fue el instante clave, entonces cogí mi cámara y como muchos años antes, volví a inmortalizar el momento.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s