Primera vez

Primera vez

Los momentos no se buscan aunque aquella noche supo bien engañarme. Con el último sorbo de vino, apuraba vergüenzas mientras saboreaba su mirada brillante y la insinuación constante de su vestido de tirantes.

El siguiente paso se me estaba haciendo difícil. No me atrevía a darlo, asediado por una extraña timidez, más propia de la adolescencia, de una primera vez. Recordaba a un joven nervioso al que las curvas le llevaban al precipicio, aunque luego éste era el vacío más hermoso.

Con dulzura y cierto grado de atrevimiento ataqué el punto débil: su cintura, rodeándola y recortando distancias, aumentando tensiones. Pronto el tirante que me había vuelto loco durante la cena, dejó de ser un problema para recorrer con pasión sus hombros al desnudo.

Paso a paso, fui descubriendo el resto de misterios y entre besos, confidencias llegué al paraíso más prohibitivo, una isla llena de sensaciones, un volcán ardiente por conquistar, que necesitaba de algún modo erupcionar.

Aún recuerdo su risa, su viveza, sus gritos y emoción. En esa batalla candente por el amor era toda una guerrera y aunque los años pesaban y su tersura ya le había abandonado, era en aquel momento toda una chiquilla volcada a la vida.

Y es que no hay marca más representativa de la juventud, que la repetición de momentos con entrega como si se tratase de una primera vez, como si realmente volviéramos al ayer, en esta plena madurez.

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