Fugitiva de su casa

Fugitiva de su casa

Una llave rompe la armonía. Una llave que en vez de abrir puertas, abre heridas. El silencio más sonoro hace presagiar la tragedia y excitado como un perro de caza, el animal busca rastros y olores en una noche de ventanas abiertas.

El calor sofocante la animó a darse un baño, ajena a lo que tras esa puerta sucedía. De pronto un golpe secó, le recordó la hora y se levantó apresurada y culpable en busca de una toalla. El primer grito fue el responsable de que esa toalla cayera y se mojase. El segundo se le clavó como un escalofrío. El tercero vino acompañado de un portazo y allí estaba ella, desnuda y como un ovillo, casi encogida.

Un sonoro bofetón empezó el ritual. No le dolió aunque tiñó de rojo la espuma que naufragaba en la bañera. Su siguiente golpe le ardió aunque no tanto como la rabia que tenía en el alma. Y al tercero cayó con todo su peso al suelo, casi inerte o tal vez es lo que en ese momento habría deseado.

Un recibimiento al que le siguieron gritos que se multiplicaban, dolían y sangraban. Una humillación continua que ella ya no escuchaba. En su mente buscaba algo, un recuerdo, una culpa o tal vez un nuevo intento de perdonar.

Tambaleándose logra llegar a su cuarto mientras es seguida como presa. Es en este momento donde aparece el peor de los hombres, el que la abraza y llora, jurándole que no volverá a pasar. El hombre que la hace débil y le recuerda un pasado que no volverá. El cobarde que le regala flores y que a ella en este tiempo le ha hecho marchitar.

Su lamento surte efecto y ella vuelve a perdonar. Pero obteniendo un nuevo beneplácito el animal excitado con rapidez vuelve a actuar.

Aprovechando su desnudez la agarra, la tira y fuerza otra noche más. Él busca placer, ella su libertad. Un dolor que alcanza su cénit cuando agotado y satisfecho, la aparta para descansar.

Sin tiempo de limpiarse las lágrimas decide escapar de esta situación. Como una fugitiva aprovecha las sombras y silencios para dejar atrás lo que ella creyó un hogar. Como si hiciera algo malo esconde sus pasos y su cara marcada, aunque nada consigue disimular que es una mujer herida. Con precaución gira la llave para no despertar más recuerdos, para no tener que volver a la prisión. Cierra la puerta entre susurros, con miedo a volver a caer y perdonar. Sin embargo una voz de dentro,  más fuerte que ningún grito le dice “ya no más”. Un paso le sigue a otro y valiente sale del portal. Ahora no tiene nada, ni siquiera un lugar, pero sin saberlo ha recuperado su vida, el principio de su dignidad.

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