De lo efímero

De lo efímero

Todavía recuerdo con nitidez aquel momento en el tiempo. Era un día soleado, agradable y yo paseaba tranquila contemplando los árboles y respirando un poco de vida. Caminaba despacio, recreándome en el momento, en el verde, en los sonidos y en mis pensamientos. Las nubes me escoltaban atentas y en tal armonía conmigo misma y con lo que me rodeaba, congelé este recuerdo intentando repetirlo una y otra vez en el tiempo. Sin embargo nunca logré alinear los factores para volver a ese instante de felicidad.

A los meses regresé al mismo sitio, en busca de mis pasos, perdida e intentando recobrar serenidad. Tenía en mi mente la imagen que aquel rincón un día me había regalado y ahora con más necesidad buscaba volver a repetirla, volver a sentirme feliz. Pero en aquella ocasión me pesaba más el alma, estaba herida y tú ya te habías alejado de mi vida. Los árboles se me hacían invisibles, el sol demasiado ardiente y casi no podía respirar. La ansiedad había sustituido a la paz y entendí que para volver a sentir tendría que cerrar mi herida, entonces de nuevo volvería.

A modo de promesa y también de despedida, acudí a mi recuerdo cuando decidí partir. Nuestro encuentro fue de nuevo distinto pero sentía que quería decirte adiós mientras buscada con insistencia en este camino lo que yo había sido y lo que el tiempo y las experiencias me habían cambiado. Allí los árboles seguían inmensos y las vistas te alejaban de todo lo ordinario para ayudarte a tocar casi el cielo. Me gustó volver, tu recuerdo se hizo grande cuando en la nostalgia de las noches deseaba volver a mi casa.

Y regresé con años en las espaldas y una madurez bien entendida. En esta ocasión no volví sola y en mi visita te traje compañía. Con dos niñas una a cada mano, te quise hacer partícipe del nuevo rumbo de mi vida. Sin inocencia pero con el orgullo de haber conseguido alcanzar la felicidad, descubrí en este paseo mi nueva función de guía. Dejé que la emoción y las impresiones fueran para las pequeñas y comencé una etapa más contenida aunque muy plena. Ahora el verde, las nubes y árboles los veía con los ojos de la niñez y casi por un momento volví a recordar mi primera ilusión cuando de casualidad te encontré.

Pero no existe nada eterno y cuando creí que no volvería, tuve la necesidad de regresar a mi primer recuerdo. Con los pies cansados y una opresión en el pecho, recorrí mis antiguos pasos, busqué mis huellas hasta quedarme sin aliento, intentando congelar un momento que de ningún modo volvería a vivir. En esta mecánica ya nada se repetiría porque pesaban más de la cuenta las dolorosas ausencias. Cicatrices en el alma que escuecen recordándote que no hay nada más bello que evocar con ilusión la felicidad de lo efímero.

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