La tentación del día

La tentación del día

Te encontré de frente, como de casualidad cuando más lo necesitaba. Te miré tímido queriendo que nadie adivinase mis pensamientos en un intento de ocultar mi incipiente rubor en la cara. Sentí la necesidad de entregarme a lo prohibido, de saltarme las normas y de abordarte casi sin compasión, sin pensar en consecuencias ni responsabilidades. Sólo el instinto más primario era el que mandaba.

En busca de sosiego y de cierta cordura me cruzo de acera con la esperanza de que desaparezcas. Un mal momento personal y en el trabajo no pueden justificar tal grado de locura, pero ni la tentativa de marcharme consigue sacarme de la cabeza la idea de recorrer tu superficie que me la imagino suave y que es un hecho que es todo blancura.

Con el disco verde vuelvo a tus brazos, no puedo desterrar mi idea y te observo discreto desde un poco más cerca. Majestuosa brillas con luz propia, con esa luz que en mí se ha apagado y que ahora desde todos los planos es motivo de crítica. Esto aviva mi necesidad, mientras mi deseo va en aumento y sólo espero impaciente que el resto de peatones nos dejen esa necesaria intimidad.

Casi al acecho y próxima la noche, reparo en que no he olvidado las precauciones ni el material que necesito para esta aventura. Caigo entonces en la cuenta de que esto no es fruto de la improvisación, de que llevaba tiempo buscándolo y que el cruzarnos todos los días me ha generado una auténtica obsesión. Decido entonces no esperar más y en un arranque de valentía avanzo con paso firme buscando las razones en mi mente que justifiquen este acto, que me den fuerzas para no flaquear.

Entonces recuerdo que han decidido prescindir de mí, que mis ideas ‘ya no brillan como antes’, que el presupuesto se ha recortado y que mi cabeza es la primera que ha rodado. Pienso en la forma en la que le diré a Rosa que se tendrá que posponer nuestra boda, en las charlas de los suegros y un cuñado muy enfadados, en el fin de los días de vino y rosas y en los números y cuentas que tocarán a partir de ahora hacer para llegar bien a fin de mes.

Esto resulta el impulso definitivo y me lanzo sin piedad, sin vergüenza, como un animal. Desenfundo y en pleno ataque de furia olvido los protocolos, las buenas maneras y plasmo mi huella en tu belleza impertérrita. Sin encontrar obstáculo alguno, derrocho la creatividad por la que se me ha condenado y decido terminar con tu blancura. Logro así una obra de arte, una pintada mayúscula que calma mis iras y que acaba para siempre con la virginidad de la fachada de mi antigua oficina.

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