¿Quién me ha robado mi ciudad?

Quién me ha robado mi ciudad

Camino buscando mis pasos, los que hace poco hacíamos juntos. En busca de huellas, de recuerdos, de nostalgias y de mi sonrisa que aventurera se ha querido ir contigo. De la noche a la mañana me siento perdida. Lo que hace escasos días eran calles ordenadas y llenas de vida, resultan ahora diferentes, para mí, completas desconocidas. Caminando sin rumbo pero con el deseo de encontrarme y de recordar para volver a vivir, me doy cuenta de que ahora todo ha cambiado y de que este nudo que recientemente se ha instalado, se ha convertido en un peculiar compañero de fatigas.

Mi ciudad, mi vida, puesta patas arriba y en todo este centro miro alrededor, sintiéndome invisible, doliéndome más que nunca la rutina que se me escapó y el no poder encontrar el camino que tantas veces hicimos. Calles que aparecen como improvisando en un laberinto donde estoy completamente perdida y en donde ni siquiera sé lo que busco intentando liberarme de la infatigable presión.

Si antes con los ojos cerrados era capaz de saber cuándo llegabas en mi búsqueda y como dos locos recorríamos las calles a golpe de risas y observaciones, ahora la fuerza arrolladora se ha cambiado por un paso lento y pesado, como si me faltase el aire, como si nunca hubiera estado en este escenario.

Y es que no son los mismos parques ni carreteras los que cruzamos, las tiendas para mí todas se han cerrado y me es imposible descifrar el camino adecuado para volver a nuestro hogar, a volver a latir.

Camino sin levantar los ojos del suelo, me da miedo mirar todo lo que me estoy perdiendo y tan fuera de lugar. Alrededor mío la felicidad existe, el calor y luz se instalan en las calles y yo sigo armada con mi abrigo, mi escudo para este viaje. Lejos de ver una salida me pierdo más entre la gente y la presión me roba el aire. Dejo de caminar para correr, me ahogo irremediablemente y cuando ya creo que el nudo me ha vencido de pronto me encuentro contigo.

jersey

No eres tú, es un recuerdo de lo que fuimos. Una pista en el camino, un deseo que no se materializó. Mirando ese jersey, te veo a ti, tus ganas de tenerlo como yo de verte con él puesto. Encuentro nuestra ilusión por las cosas, nuestras tardes sin rumbo a lo cotidiano, nuestras promesas y deseos y mi lugar en la que era mi ciudad. El jersey abre mis compuertas y lloro desconsolada pegada al cristal mientras al fin puedo respirar.

Ya lo entiendo, ya me encuentro y no estoy en otra ciudad. Ahora cuanto más lloro mejor me siento, más liberada del zarpazo del alma, de la soga del cuello. Sin embargo no todos opinan igual y una mujer preocupada se me acerca para intentar calmar:

–  Quedan más en el interior y con descuento, no sufras por ello – recalca con un grado extremo de dulzura -.

De nuevo me pierdo, al verme obligada a sonreír.

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