El hombre invisible

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No importa que llueva o que el sol abrasador le intente disuadir de su intento, porque él cada mañana sabe dónde está su lugar. Quieto y observador deja el día correr en ríos de personas que no reparan de su presencia, mientras él sólo puede esperar. Una existencia paciente que revela a una persona con una gran riqueza interna a la que la vida ha tratado mal y él no le devuelve rencor.

Las prisas, horarios y cadenas del día a día impiden contemplar una sonrisa llana, un espíritu mucho más libre que ofrece su mejor cara para comenzar la mañana a todos los que pasan a su lado. Sin levantar la cabeza, raro es que obtenga respuesta a su saludo y lejos de juzgar o ser crítico con una sociedad que se empeña en vivir ignorante a lo que tiene su alrededor, no desiste hasta que logra que alguna mirada furtiva repare de su presencia y a cambio él le ofrezca una respuesta agradecida.

Como tantos otros ensimismada en preocupaciones y obligaciones negué su sitio al hombre invisible y durante meses me acostumbré a su presencia como algo normal a mi llegada al metro. No hablábamos y apenas crucé dos veces mi mirada con la suya, pero sabía que ahí estaba, que era parte de mi mañana y a fuerza de los días, de mi propia rutina. Su presencia me ofrecía la tranquilidad de que las cosas estaban como siempre, que sería un día normal. Nunca me puse en su lugar ni le intenté tender una mano. Nunca me preocupé por cómo se sentía o por qué simplemente repetía a diario ese ritual que no era nada agradecido ni comprensivo.

Y las oportunidades se pasan y lo que internamente se esconde y no germina termina enredándose en el alma, aprisionándote como me sentí cuando una mañana reparé en que el hombre invisible no estaba en su lugar. Ese día la desazón me invadió y una extraña preocupación y autocrítica se apoderaron de mi cabeza. Todo lo que le podía haber dicho aunque fuera con una sonrisa, lo había dejado escapar y él ya no estaba.

En ese momento es cuando comprendí, que creemos que hay personas que pasan inadvertidas, invisibles pero en el fondo dejan su huella y ésta siempre luego nos acompaña. Y como una deuda pendiente por todas esas sonrisas sin respuesta y miradas agradecidas que dejé en su día pasar, no hay mañana en la que en el mismo punto en donde esperaba un gesto de humanidad el hombre invisible, le doy mis buenos días. Ahora que no está es cuando precisamente todo lo veo más claro, tarde le hago visible y es cuando le doy su lugar.

 

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