Las flores amarillas crecen en Macondo

Las flores amarillas crecen en Macondo

Si existe un lugar mágico, ése está en tu cabeza. Poderosa imaginación capaz de lograr el mundo más fantástico con las veintiocho letras del alfabeto en mitad de un trayecto de carretera.  Algo normal, casi cotidiano que resulta milagroso si se tiene en cuenta que todos los que amamos ‘Cien años de soledad’ formamos una comunidad tan extensa como algunos de los países más poblados. Un trabajo duro de dieciocho meses que en manos de tu pluma parece sencillo. Pero si nos detenemos a observar esas historias y personajes que conforman la familia más peculiar contada, entenderemos que  este esfuerzo es realmente prodigioso.

Tanto leer las historias del coronel Aureliano, Arcadio y la matriarca de Úrsula Iguarán ha terminado por hacer una tradición que cada año sigo cumpliendo y es que siempre hay un momento en el que tengo necesidad de volver a tus páginas. Ése es tu pequeño milagro Gabo, que tu lectura se convierte en una auténtica necesidad. La búsqueda de nuevos mundos, de extraños hábitos, de magia en estado puro y de dosis de fantasía mezcladas con la más cruda realidad. Una combinación difícil de pasar inadvertida, imposible luego olvidar.

Historias de difuntos, de ánimas destinadas a hacer verosímil leyendas y cuentos que los Buendía viven de generación en generación. Una procesión de personajes inspirados en el contexto de la explotación americana bananera, movidos por las pasiones y las fábulas. Todo ello dentro de un nombre ya inmortal: Macondo, el escenario clave para hechizar por siempre a los lectores.

Buscando una historia, encontré en tus páginas mucha vida y tanto me sedujeron que terminé queriéndolas y haciéndolas un manual de mi propia vida. Y es que hay que ilusionarse por las cosas, ser aventurero, utópico como el mayor de los Buendía, gallardo y orgulloso como el coronel Aureliano, o etérea y espiritual como Remedios la Bella, entre pícaro y mezquino tal como era Arcadio y sabia y hasta sufrida como la eterna Úrsula. Un compendio de virtudes y defectos que reflejan los sinsabores y alegrías de una familia, la realidad de lo que es en sí la humanidad.

Por eso cada año sigo mi tradición y vuelvo al refugio de tus páginas, porque lo que desde luego tengo claro es que en ellas encuentro de todo menos soledad. Un legado impagable en un derroche total de imaginación. Un recuerdo tan grande como tu sonrisa pícara, tus flores amarillas y tu capacidad para hacernos soñar. “La vida, la cosa que mejor se ha inventado” la sigues haciendo única e irrepetible y eso es la inspiración y mayor valor que tu literatura ha creado. Un enorme y nunca suficiente agradecimiento por esa fuente inagotable de imaginación y creación.

Un legado que es todo lo que algún día te gustaría ser, lo que desearías vivir y lo que en algún momento quisieras que se contase de ti.

 

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