El chico que baila solo en el metro

El chico que baila solo en el metro

Todas las mañanas a modo de ritual él siempre está en la misma esquina agarrado a la barra. No le importa si hay gente alrededor o está solo, consigo mismo se basta. Comienza la marcha del tren y empieza su particular fiesta. Un baile que él solo entiende y que le distingue del resto de pasajeros. Una rutina que ha hecho tan suya que sin quererlo el resto compartimos con ternura.

Y es que no hay lugar en donde se concentren más problemas, preocupaciones, alegrías y sueños que en un vagón de metro. Un espacio pequeño en el que todos observan y callan, donde el análisis ajeno nos hace evadirnos de tensiones o en donde miramos con envidia a parejas enamoradas. La vida es intensa en un vagón de metro y un paraíso para los observadores.

De esta manera como fieles compañeros de mañanas, es fácil encontrarse con la mamá que carga a su pequeño todavía sin soltar el abrazo de las sábanas, al deportista que confía en madrugar para empezar con energía el día y a los sufridos trabajadores que no saben si ese puede ser o no, su último día de rutinas. Muchas historias y vidas con sus protagonistas que comparten sentimientos, sensaciones en unos pocos minutos y aunque desconocidos, a todos conmueve el chico que baila solo.

Con el vagón abarrotado o rara vez en soledad, siempre está firme en lo que le gusta sin importarle la vergüenza. Algo que parece imposible de hacer en una sociedad donde tanto importan las apariencias y la necesidad de siempre mostrar la mejor de las imágenes. Tal vez aprendiese hace unos meses o desde siempre le han inculcado el movimiento, puede también que sea su manera de dar los buenos días o de demostrar que está contento. Es todo en él un misterio pero a la vez se le ve puro y sin enredos.

Pocos pueden parecer obviar esa danza, porque su sonrisa y mirada cautivan y aún con periódicos o libros como barrera, sienten una gran envidia por esa completa libertad. Inocencia y frescura es lo que desprende al no haber conocido ni entendido lo que es la maldad, y así lo demuestra cuando en su movimiento roza sin querer a alguien que no le sientan bien las mañanas. Espontáneo se disculpa pero nunca cesa su baile, mientras con este sincero gesto nos hace al resto remover conciencias.

Las zancadillas y patadas que podemos dar por rivalidad, las contestaciones y malos modos se nos atragantan y el chico que baila solo, nos logra avergonzar. No es solo su baile una adicción, sino la forma de entender la vida con una sonrisa y nada de rencor. Una forma de ser que puede desconocer muchas cosas y que le puede dificultar el aprendizaje de otras, pero que cada mañana da una enorme lección a los viajeros que no sólo admiran en él su ya eterno y siempre baile.

A un compañero especial de viajes

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6 pensamientos en “El chico que baila solo en el metro

  1. Que razón tienes al decir que el vagón es un paraíso para los observadores. Gracias por el ratito de lectura que ha hecho de este vagón de metro algo más agradable.

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